Málaga está viviendo una transformación acelerada: nuevas torres de viviendas, cadenas internacionales que reemplazan comercios locales y espacios históricos que cambian de uso sin diálogo ciudadano. Esto no es solo un cambio estético: afecta a residentes, pequeños comerciantes, artistas locales y turistas que buscan autenticidad. Cuando desaparecen lugares como La Tetería para dar paso a un supermercado, no se pierde solo un local: se borra una capa de memoria colectiva, se debilita el tejido social y se reduce la diversidad cultural que hace única a la ciudad.
La identidad urbana no es nostalgia, es un derecho colectivo
La identidad urbana de Málaga no es una postal antigua ni un cliché folclórico. Es el conjunto vivo de espacios significativos, comercios familiares, arquitectura histórica y prácticas culturales locales que dan sentido al lugar donde vivimos. Villa Onieva, por ejemplo, no es solo un edificio del siglo XIX: es un testigo de la burguesía malagueña, un espacio que hoy alberga un despacho pero conserva sus techos pintados, sus escaleras de mármol y su balcón con vistas al Guadalmedina. Su conservación activa —no museificada— es clave para que la ciudad no se convierta en un escenario genérico.
¿Qué pasa cuando desaparecen los referentes locales?
Cuando un barrio pierde su tienda de ultramarinos centenaria y aparece una cafetería de cadena con menú idéntico al de Barcelona o Berlín, se reduce la diversidad funcional del barrio. Esto afecta directamente a la economía local: los ingresos ya no se reinvierten en la comunidad, sino que salen de la ciudad. Además, los vecinos pierden puntos de encuentro informales —como la charla con el tendero— que fortalecen la cohesión social.
El crecimiento no es incompatible con la identidad, pero requiere reglas claras
Málaga crece: su población aumentó un 4,2 % entre 2021 y 2025, según el INE, y el turismo superó los 12 millones de visitantes en 2025. Pero el crecimiento desregulado genera efectos colaterales: subida de alquileres, desplazamiento de residentes (gentrificación) y homogeneización del paisaje urbano. El Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de Málaga, actualizado en 2023, incluye figuras como el Catálogo de Bienes Protegidos, que ampara más de 1.800 edificios. Sin embargo, su aplicación es desigual: muchos inmuebles con valor patrimonial no están inscritos, y otros —como locales comerciales en planta baja— carecen de protección específica.
¿Qué protege la ley, y qué queda al margen?
La Ley 16/1985 del Patrimonio Histórico Español protege los elementos catalogados, pero no regula el uso comercial de los espacios protegidos. Esto permite que un edificio histórico albergue una franquicia sin alterar su fachada, pero transformando su alma. El Ayuntamiento de Málaga ha impulsado el Plan de Recuperación del Comercio Tradicional (2024), que ofrece ayudas para la modernización de tiendas familiares, pero su cobertura es limitada: solo el 12 % de los comercios locales la ha solicitado, por complejidad burocrática y falta de difusión.
La ciudadanía tiene herramientas para participar, pero no siempre las conoce
El derecho a la ciudad no es solo un concepto teórico: está reconocido en la Ley de Suelo y en la Estrategia Urbana de Málaga 2030. Los vecinos pueden intervenir en procesos como las consultas públicas previas a modificaciones del PGOU, las juntas vecinales de distrito o las mesas de participación ciudadana en proyectos de rehabilitación. En 2025, por ejemplo, la plataforma Málaga con Alma logró frenar la demolición de un edificio en el barrio de El Perchel tras presentar alegaciones técnicas y sociales avaladas por arquitectos y antropólogos.
¿Cómo actuar desde lo cotidiano?
No se necesita ser experto para marcar la diferencia. Apoyar un comercio local no es solo una compra: es votar con el euro por el tipo de ciudad que queremos. Visitar rutas patrimoniales autogestionadas, como las que organizan colectivos como Málaga Invisible, o reportar cambios no autorizados en edificios protegidos al Servicio de Patrimonio del Ayuntamiento son acciones con impacto real. La ciudad se construye cada día, no solo con hormigón, sino con decisiones conscientes.
Lo esencial en 3 puntos
- La identidad urbana de Málaga es un bien común, no un recurso turístico: depende de la conservación activa de espacios, usos y saberes locales.
- El crecimiento sí puede ser sostenible, pero exige aplicar con rigor el PGOU, actualizar el Catálogo de Bienes Protegidos y regular los usos comerciales en zonas históricas.
- Cada ciudadano tiene voz y herramientas: desde participar en consultas públicas hasta elegir dónde consumir, cada acción refuerza o debilita la esencia de la ciudad.
El reto no es detener el cambio, sino dirigirlo. Como dijo Maryam Blanes frente al balcón de Villa Onieva: «Está bien que Málaga crezca, pero no podemos perder nuestra esencia». Esa esencia no está guardada en un museo: vive en las calles, en los comercios, en los balcones y en las decisiones que tomamos hoy.
