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Peter Pan y la República Catalana

peter
Jose Manuel Bielsa
noviembre03/ 2017

De la infantilización global de la política y la independencia de Cataluña como “juguete” que arrojan los de arriba para que los de abajo nos entretengamos en el recreo.

Desde hace años, estudiosos de nuestras sociedades y modos de vida vienen advirtiendo sobre la infantilización de la sociedad postindustrial en la que vivimos.

Uno de los ejemplos más ilustrativos que dan tiene que ver con el fenómeno de la prolongación de la adolescencia hasta edades maduras, que se da por ejemplo en las personas que cumplidos los treinta y tantos siguen en casa de sus padres, por ejemplo, o del creciente culto a lo joven que, además de ser una estrategia de márketing consolidada, ha conseguido que cada vez se vea con mayor normalidad que una persona de mediana edad imite comportamientos y reproduzca el lenguaje o los modos de hacer o de vestir propios de la gente más joven.

Esta corriente que tiende a tener un efecto banalizador sobre el conjunto de las cosas, ha calado, como no podría ser de otro modo, en el discurso político, que se simplifica, se dogmatiza, se agota muchas veces en sí mismo y se reduce a una frase brillante metáfora adjunta con la que brillar en los titulares del telediario. En línea con esa visión cada vez más adolescente del mundo, no se exigen ideas complejas y todo acaba reducido a dos brochazos.

A nadie puede sorprender que en ese proceso de infantilización las Redes Sociales, tan activas como indiferentes, han puesto su granito de arena en la construcción de una visión del mundo simplista, frívola y crecientemente próxima al entretenimiento, en la que lo visceral vende más que lo cerebral y en las que la pura imagen es lo primero.

Consecuencia de esa banalización del mundo propia de un crío que juega con los objetos a su alrededor son la dichosa “postverdad”, o el populismo, por ejemplo, que con su discurso superficial y lenitivo acude al rescate del niño tirano hacia el que nos dirigimos como consecuencia, por ejemplo también, de un estado paternalista cuyos dirigentes, que dan ejemplo una y mil veces jugando puerilmente a diluir responsabilidades individuales, dejan caer “juguetes” para que los de abajo nos entretengamos en el recreo.

Quizá el último de esos “juguetes” que unos líderes adolescentes y caprichosos han colocado sobre el tapete de la sociedad infantil que se describe, sea el de la república catalana, un auténtico “País de Nunca Jamas”, hogar de uno de los niños eternos por excelencia de nuestra cultura: Peter Pan, cuyos actos jamás tienen consecuencias en un estado de eterna felicidad mientras para los demás los días pasan y los veranos, uno tras otro, languidecen.

Singular aderezo de esta imagen arquetípica de niño sobreprotegido, ejemplo de esa infantilización de la política, no son sólo las lágrimas ayer de Marta Rovira, secretaria general de ERC, al conocer que se encarcelaba a los responsables del último dislate del “Procés” tras aterrizar en el duro mundo de las causas y los efectos después no se sabe la de años en el País de las Maravillas, sino también su enroque discursivo con aquello de que “España es un estado fallido”.

Como aquejada de un transtorno psicológico de ensoñación excesiva, se diría que Rovira personaliza con su llanto y sus palabras la extrema dificultad y la resistencia de muchos a volver a una realidad que, dicho sea de paso, rara vez hace feliz a alguien y de la que sin embargo, no parece nunca sensato apartarse demasiado.

Este llorar, reacción por lo demás muy asociada al universo de lo infantil, da además la medida de hasta qué punto se ha podido puerilizar la acción política en Cataluña a propósito de la tan ansiada independencia. En el camino hacia esa meta, en algún momento, la experiencia y el conocimiento de la realidad dejaron de ser una virtud para convertirse en una rémora que impedía soñar. Inmaduros y narcisistas, arrogantes y manipuladores, insolidarios y convencidos de que merecían algo que los demás no, de algún modo, se negaron a crecer.

Así, proyectados a lo más alto de sus ensoñaciones, por más que se advirtió mil veces acerca de las consecuencias que tendrían sus actos al margen de la ley, prefirieron sonrientes y ufanos sus ficciones estupendas. Por eso, llama la atención su sorpresa al toparse con el estado de las cosas. Porque evadidos, debieron llegar a creer que todo no era más que un juego que no iba con ellos.

Ahora, en el fin de una infancia despreocupada, las falsedades que hicieron temporalmente feliz al niño acabaron perjudicándole a la hora de encontrarse con la realidad: Hay que estar dispuesto a asumir las consecuencias de los propios actos.

El problema, ahora, es que no hay desolación de quimera alguna a la que no le siga un trauma.

Jose Manuel Bielsa