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  dentistas en torremolinos

No ha ganado Trump, ha perdido Hillary

hillary
Jose Manuel Bielsa
noviembre09/ 2016

La victoria del líder populista, sin un plan, sin apoyos destacados, sin más discurso que el del resentimiento, es todo un corte de mangas a las élites políticas norteamericanas

A pesar de ser muy importante, quizá no sea la victoria de Trump lo más importante de cuanto ha acontecido en las elecciones estadounidenses celebradas ayer. Quizá no. Tal vez lo más importante sea más bien la derrota de Hillary Clinton.

Primero porque su derrota es la del sistema y segundo porque un oponente como Trump, que le dio infinidad de posibilidades con sus extravagancias y sus sandeces, acabó saliéndose con la suya y llevando la campaña a su terreno, el escenario histriónico del payaso, sin que ni ella, ni su partido fueran capaces de aprovechar las circunstancias.

Clinton, una candidata que no ha convencido ni a los suyos, que la han visto con recelo y que incluso ha cosechado el desdén de alguna estrella holliwoodiense como Susan Sarandon, que no se caracteriza por ser precisamente republicana, ha resultado ser una apuesta fallida. O dicho de otra manera, la apuesta de un partido que midió tanto, tanto, tanto, que acabó por no acertar. Los demócratas no entendieron el tipo de campaña que se les podía venir encima.

En las primarias demócratas el aparato del partido que hoy se rasga las vestiduras prefirió a Clinton antes que a Bernie Sanders, al considerar que su discurso se escoraba demasiado hacia la izquierda y temiendo que podía asustar a los votantes potenciales. Se equivocaba. Quien ha ganado las presidenciales USA no es tanto Trump, como el discurso contra un stablishment percibido como ineficiente, frío y alejado. Votando a Trump, los americanos le han hecho un corte de mangas a lo convencional, a lo políticamente correcto, a una forma de hacer política que les aburre, que les frustra, que no les sirve y a unas élites en las que ya no creen.

Aparte de que llaman poderosamente la atención los complejos que tienen los progresistas de este mundo a la hora de lanzar sus mensajes electorales, lo que contrasta con la escasa vergüenza que suele tener la derecha para mostrarse racista, clasista, machista, rácana, provinciana, etc, cabe pensar que los demócratas debieron estudiar con detenimiento el perfil de su oponente y Sanders, un hombre con una excelente imagen, no en vano resultó elegido “persona del año” en 2015 por los lectores de la revista Time, no sólo contaba con el apoyo de una parte sustancial de las clases medias trabajadoras, sino que además podía ser incluso visto como alguien ajeno a las intrigas de palacio. En la campaña que finalmente se planteó, el perfil de Sanders podría haber dado más juego.

No fue así. Hillary Clinton, un personaje con escaso carisma, y con ella el Partido Demócrata, han muerto de mesura y de moderación contra un personaje que ha hecho del exceso su tarjeta de visita, un tipo grosero y bocazas que se ha acabado por reír de los modos de hacer en campaña electoral en los Estados Unidos y de la demoscopia en pleno.

Donald Trump, un hombre con aire de nuevo rico impertinente, de patán vendedor de elixires milagrosos (crecepelo incluido) que con cada una de sus salidas de tono ganaba un nuevo titular, otro minuto en televisión, un debate radiofónico adicional, con una parte de su propio partido en su contra, sumó todo lo que podía sumar e incluso que personajes destacados del partido republicano torpedearan su campaña le dio réditos electorales al poner el acento en su carácter ajeno al sistema. Trump se salió con la suya a base de meter puro ruido mientras el discurso gris de Clinton se desvanecía, no calaba y sonaba distante, previsible, profesional.

La victoria de Trump tiene muchos alcances, entre ellos que no hace falta ser nada especial para convertirse en la persona más poderosa del mundo, pero también que al otro lado del Atlántico corren buenos tiempos para los encantadores de serpientes.

Se diría que la gente se ha cansado del registro de la política tradicional y que el paisaje desolado que en las clases medias del mundo desarrollado ha dejado la crisis es el caldo de cultivo idóneo para una nueva clase de líderes poco sofisticados, poco ejemplares y poco solventes intelectualmente, pero con capacidad para sacar partido de las frustraciones y los temores colectivos. En esas estamos.

Jose Manuel Bielsa